A 48 años de su fallecimiento, el recuerdo de Nelson Oyarzún permanece ligado a una de las historias más emotivas del fútbol chileno.
Un 10 de septiembre de 1978, el fútbol chileno perdió a uno de sus entrenadores más recordados. Nelson Guillermo de Lourdes Oyarzún Arenas, nacido en Valparaíso el 21 de marzo de 1943, falleció en Chillán a los 35 años, víctima de un cáncer que había avanzado rápidamente. Sin embargo, su partida no significó el final de su historia. Por el contrario, aquel día comenzó a construirse una de las leyendas más profundas del fútbol nacional.
Nelson Oyarzún había desarrollado una carrera como entrenador marcada por la formación y la innovación. Durante los primeros años de la década de 1970 viajó a Europa para perfeccionarse en Alemania y realizó pasantías y estudios relacionados con el fútbol en distintos países. A su regreso a Chile dirigió a clubes como Lota Schwager, Deportes Concepción, O’Higgins, Universidad de Chile y Ñublense.
Su llegada a Ñublense en 1978 sería particularmente significativa. En Chillán encontró un equipo y una comunidad que rápidamente comenzaron a identificarse con su personalidad, sus métodos y su particular manera de entender el fútbol.
Pero mientras intentaba sacar adelante al conjunto chillanejo, Oyarzún enfrentaba una batalla mucho más difícil fuera de la cancha. El cáncer que padecía deterioró rápidamente su salud, aunque incluso en los momentos más complejos buscó mantenerse cerca de sus jugadores. Testimonios recogidos posteriormente recuerdan que continuaba entregando instrucciones y acompañando al plantel pese al dolor provocado por su enfermedad.
El destino quiso que el 10 de septiembre de 1978 Ñublense tuviera que enfrentar a Colo-Colo en el Estadio Municipal de Chillán.
Durante aquella mañana, aproximadamente a las 10:45 horas, Nelson Oyarzún falleció en el Hospital Clínico Herminda Martin. El plantel se encontraba concentrado y, ante la noticia, incluso se evaluó la posibilidad de suspender el encuentro.
Pero antes de morir, Oyarzún había dejado un último mensaje para sus dirigidos. A través del capitán Mario Cerendero, les hizo saber que debían salir a jugar y entregar todo en la cancha. Era, en definitiva, su última charla técnica.
Horas después, Ñublense saltó al campo de juego ante más de ocho mil espectadores. El ambiente era completamente distinto al de cualquier otro partido: el entrenador ya no estaba en la banca, pero su presencia se sentía en cada rincón del estadio. Y sus jugadores respondieron.
Ñublense derrotó 2-1 a Colo-Colo, con goles de Francisco Cuevas y Sergio Abayay, mientras Carlos Caszely descontó para el conjunto albo.
La relación entre Nelson Oyarzún y Chillán trascendió rápidamente al fútbol. Ese mismo día, el antiguo Estadio Municipal comenzó a ser asociado a su nombre, y posteriormente el recinto pasó oficialmente a llamarse Estadio Municipal Nelson Oyarzún Arenas.
Décadas después, el estadio continúa llevando su nombre y convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles del fútbol chillanejo. Pero el verdadero legado de Oyarzún no está solamente en una placa, un estadio o en aquel histórico triunfo frente a Colo-Colo. Está en la memoria de quienes lo conocieron y, especialmente, en aquella última lección que dejó a sus jugadores: seguir adelante incluso cuando las circunstancias parecen indicar lo contrario.